martes, 3 de marzo de 2015
Versos delincuentes: ideas húmedas para refrigerar.
Me encontré las letras que te di en los sobres de aquel bote de basura, al lado de los sueños que una vez elevamos en globos hasta ese cielo lejano que prometimos surcar.
Estaban maltrechas, malditas y torcidas, como si el gato que cayó del quinto piso del edificio conjunto hubiera muerto sobre ellas.
En algún momento de la vida pensé que eramos humanos, pero nunca fue así. Los sueños de ser sensible se esfumaron con el sereno que corría bajo la lámpara. Eramos, mas que nada, bestias disfrazadas.
Yo llegué primero a la zona de desastre, y luego tú, con tus cabellos rojos y negros ondeando la bandera de la paz. Jugaste a pintar el mundo con crayones y gises a los que después fuiste alérgico, mientras yo rodaba por el colchón desgastado de aquella cuna que se hacia interminable.
Nadie me explicó de niña que el hada de los dientes te los arrancaba de la boca con cada frase revolucionaria que ibas repitiendo sin cesar. Nunca nadie me dijo que un día las palabras se sustituirían por balas y las sonrisas decrepitas de los ancianos olvidados morirían de hambre, de falta de compañía, de indigestión de licor barato y tristeza.
Vivo en un país que se derrumba, que se consume y se retrae. Directo al basurero donde dejaste olvidadas las letras que te di, he comenzado a pensar que uno ya no nace igual.
Nací una noche de lluvia donde alguien, en alguna estación jugaba a ser músico, los niños de una u otra manera iban creciendo con las rodillas y los codos raspados, las mamás hacían los lonches para ir a la escuela y los papás jugaban al billar. Ahora existo (si a la triste supervivencia espiritual se le puede llamar existir) en el mundo que nadie imaginó, más lejano aún del pensamiento que cualquier planeta cósmico. Y de pronto, un eclipse solar apagó la vela de la humanidad.
No se en qué cráter guardar los dibujos que me has dado. No se qué maleta empezar a empacar. Si alguna vez tu existencia se unió a la mía, en esta vida seguro que vuelve a pasar.
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