Te escribo a tí, hombre de las sombras. Ya son varias las noches que te cuelas en mis sueños, vienes de visita y te marchas.
Nunca he sido una chica muy ordenada. Mi recámara podría parecer más bien de una señora de cuarenta años, casi en penumbras y con libros regados por todos lados. Ni espacio para el gato hay. La mesita de noche, llena de plumas sin tinta, con un poco de polvo, y el foco fundido no estaba al lado de mi cama, si no a los pies.
Bajo la almohada guardaba como un tesoro una libreta que sólo usaba cuando la ocasión lo ameritaba. Era hermosa. Tenía las tapas azules con dorado y un broche para cerrarse muy antiguo.
La comenzón de escribir me llegó cuando tenía doce años. Por ese entonces yo abrí un blog en donde depositaba todos mis sueños y mis fantasías juveniles. El tema de mayor relevancia nunca fue el amor, si no cosas como hadas y poemas musicales. Ya. Lo se. Cuando intenté mostrárselo a alguien todos mis sueños de convertirme en una escritora se fugaron por la coladera.
Él se empezó a reir como si me hubiera golpeado la cara contra un cristal por ir distraída.
-Qué mamadas escribes, de verdad.
Y pues ya, juré jamás mostrarle a nadie mis textos fumados. Hasta mi familia se burlaba.
Aún así seguí escribiendo, era necesario depositar todo lo que sucedía y convertirlo en un poema, una canción, un cuento.
La libreta debajo de la almohada era el cajón de los sueños. Te he guardado en unas páginas un lugar a ti, porque ya son varias las noches que te cuelas en mis sueños. Irrumpes violentamente y me sacas a bailar.
Me veo a mí misma bailando con las pointe rosadas en un lugar oscuro. Grande y lleno de polvo. Pero no tengo alergia. Veo mi reflejo en el espejo, mientras hago pliés y jettes. La misma pieza azul siempre. La misma. Ya tengo bien memorizados los pasos, pero aún así mis pies se mueven sólo al sentir el ritmo tintineante. El aroma dulzón de esa danza que debe bailarse con alguien más. Al iniciar la música mis piernas temen volver a quebrarse. Titubean, y después de un compás dan el primer paso. La frente ya me suda. Tengo mucho miedo de hacerlo de nuevo. Una mano invisible me empuja y comienzo a moverme. Poco a poco mientras la música va en crescendo la armonía se apodera de mi cuerpo y mi corazón lo reconoce. Dejo de temer y de pronto formo parte de la música mientras mis piernas responden a los estímulos musicales. Giro, y giro.
Ahí, justo en esa parte, cuando ya soy yo de nuevo y me vuelvo veloz, apareces tú, hombre de las sombras.
Veo tu mirada escondida entre penumbras, observándome atento. Me desconcentro, y de pronto veo mi cabeza cerca del piso, pero tu me detienes. Me tomas ágilmente en tus brazos y retomas la pieza, infundiendome valor. Vuelvo a los giros mientras sostienes mi mano y un escalofrío extraño recorre mi espina dorsal. No puedo verte el rostro carajo!. Sólo puedo ver tu cabello ensortijado y la comisura de tus labios que se va expandiendo mientras me regalas una sonrisa que me deja sin aliento. Cuando veo que tienes intención de hablar despierto.
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