María es dulce y alegre, pequeña y vivaz.
María es morena, cabello corto, ojos grandes.
María tiene once años y toca violín.
Manos pequeñas, boca imprudente.
María camina por la acera de enfrente,
se detiene, mira, busca, encuentra.
María recuerda.
Un perfume llega a ella, y la historia de su niñez temprana revive.
María se ve transportada al jardín de niños.
El perfume de la calle por la que caminaba cada mañana.
El olor del salón de clases lleno de mariposas de papel.
La envuelve, la hace viajar a ese lugar años atrás.
María huele días después a tierra mojada.
Cuando se levantó llovía. Y vuelve a irse de aquí.
María ahora está en el rancho de su abuela, en donde jugaba con sus primas.
María trae a su memoria la imagen viva de ella haciendo tortillas en el comal.
María ve con la nariz y recuerda todo cuando el perfume de alguien que pasó a su lado
trae a la pizarra de su mente el cabello de papá, que no es negro ni café si no una mezcla de ambos.
Sabe María que no tiene hora ni lugar, no hay fecha ni citas.
Todo es al azar.
No ejerce presión.
No lo quiere controlar.
María siempre revive en los olores.
Usa su nariz pequeña y delgada para ver.
Su máquina del tiempo es ese instrumento que tiene bajo sus ojos negros
justo arriba de su boca imprudente, tan suya, tan peculiar.
María huele a las personas que están con ella.
Se enamora de la vida.
Tira su tarea a la basura.
Huele de nuevo a tierra mojada.
María baila como bailaba su abuela.
Porque la señora que va a una cuadra olía exactamente igual
Y cuando María baila desprende un aroma a ingenuidad, a otoño, a naranja.
María tiene una maestra que escribe sobre ella en su blog,
a altas horas de la noche, cuando ve fotos de sus alumnos
cuando recuerda que ya no estará más ahí, pues saltará a otro lugar.
María, si estás soñando a esta hora, recuerda mi perfume en sueños y no me olvides. Tocaré el violín para tí desde aquí.
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