sábado, 4 de enero de 2014

Ni kafka ni cualquiera.

"No soy kafka y tampoco soy un insecto cualquiera. No soy chocolate blanco. Soy polvo de la tierra errante y así, quiero permanecer".

 Cruzó la calle agitando sus patitas. Llevaba una sombrilla gigante, pero aún así los autos lo empaparon haciéndolo rabiar. Su carácter era voluble.
Debió esperar más de cuarenta y cinco segundos para que el canalla de la esquina frontal cambiara de color. Iba de amarillo a rojo cuando llegó, luego veinte segundos y después de rojo a verde. Era desesperante el cambio de luces.

Le cubría un suéter gris de punto, con un sombrero de copa negro y en las patas dos bolsas de plástico amarradas para no mojarse los pies. Le molestaba el agua. Sus antenas escurrían y goteaban empapando sus ojos pequeños y deformes. Lo volvían torpe.

Seguía sosteniendo la sombrilla cuando decidió entrar a un café. Se sentó atrás de una oruga que le tapaba la pantalla donde anunciaban las noticias de la mañana. Sintiéndose orgulloso de su amarga adicción pidió café. También un pedazo de pan y la hora. No debía llegar tarde.

Sumido en sus pensamientos volvió a tomar la sombrilla, pagó la cuenta, se asomó para darse cuenta que la lluvia seguía arreciando y voló. Voló por que no era una cucaracha cualquiera, si no una albina, y además una albina voladora. Había nacido bendecida en un cuchitril donde sus padres y sus hermanos eran todos negros, pero él no. Así que después de tomar su café decidió volar hacia las oficinas donde le aprobarían su visa y aprovecharía sus rasgos y color para ir en busca del sueño americano.

La raza se imponía. El color lo empujaba. El hambre lo obligó. Emigro, y viajó más y más al sur hasta que en una ventana americana murió aplastada por un zapato. Ya había ganado lo suficiente para pagar su propio entierro.

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