lunes, 22 de diciembre de 2014

Versos fragmentados sin acariciar, bastardos insomnes.



Caminaba a media noche entre las calles
con la templanza de quien no teme nada
con la valentía del gato nocturno
Sin  pisar cabezas ni cráneos desnudos

Venía, mirando hacia el piso primero.
Y a lo lejos distinguí las balas.

Cuando creí poder ser libre las nubes se tiñeron
de rojo oscuro, y a podredumbre empezó a oler.
Nos taparon los ojos con las palabras tergiversadas,
nos orillaron a temer a las armas, a no jugar en la noche.

Orificios de sal, y alimento de piedra.
Mis palabras se volvieron objetos punzo-cortantes, amazónicos.
Ya no acariciaban mis versos ni recitaban mis poemas.
Bastardos.

En la libertad de la niñez momentánea amaba las banquetas,
las calles en donde me rompía las rodillas jugando.
Titilaban las luces del estadio que formábamos frente a la casa.
Y al grito de gol éramos felices, en la niñez momentánea.
En la niñez donde me congelaba un dedo, y no el temor.
Bastardos.

A lo lejos distinguí las balas
y miraba el horizonte a través de orificios
en los cuerpos desangrados, molidos, quemados.

Y alzaba la voz y la apagaban con mentiras,
 cuando los demás miraban televisor yo gritaba
y te buscaba entre los desaparecidos, en los rincones del teatro.
Y ahora, por la ley que impera en este sitio ya no te pude encontrar.
Bastardos

Y yo grito entre paredes que la libertad es más utópica que la fantasía.
Dejé mi armónica a un lado de la cama,
para avisarte cuando haya toque de queda
y las gargantas que gritan al unísono deban cesar
antes de ser cortadas por los cerdos del estrado.

Ahora el gato me recitará los poemas que ya nadie acaricia.







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