jueves, 30 de enero de 2014
Jaula Mental
"Son las rosas de tus brazos que detienen los pedazos de mi vida que hoy se arrastran hasta aquí..."
Me acerco a la ventana de la sala. Abro la cortina pesada, herencia de una abuela que cambiaba muebles, pintura, televisión, sillas, adornos, menos las cortinas rosas. Rosas y pesadas. A través del fino cristal que me separa de la realidad del exterior de donde me escondo desde hace años puedo ver la lluvia y huelo la tierra mojada, diviso el rocío que va quedando en las hojas de las macetas, también de mi abuela.
He vivido encerrada toda mi vida, y el único contacto con el mundo de los que caminan es cuando llueve, porque es el pretexto perfecto para asomarme y oler profunda y ambiciosamente mientras cierro los ojos. La lluvia es amarilla en mi mente.
No camino, no escucho y no hablo. Me cuesta moverme, me cuesta vivir. Vivo prisionera en un cuerpo desechable que para mi desgracia ha durado muchos años en esta vida. Nada le puedo hacer. Él lo quiso así.
Escribo pero nadie me lee. ¿Qué puede escribir una sordomuda? ¿Qué puede una invalida aportar a la sociedad? Nada. Por eso me escondo, por eso me hago bolita en mi cama aunque los rayos del sol insistan en que debo levantarme. No lo hago porque soy rebelde, porque soy tímida, y porque no quiero.
Para los demás es fácil: sal, ten amigas, diviértete, vete al cine, huele las flores, corre por los campos, usa los patines...¡estúpidos...no puedo ni sentir las jodidas piernas!
Trato de gritar pero aunque el ruido mental es persistente en mi cabeza no articulo ni un solo ruido. Se que no lo hago porque nadie viene a callarme, porque nadie me da toquesitos en la puerta para que los deje oír el televisor. Grito, y me vuelvo afónica en la imaginación. Es mejor así, puedo gritarle a cualquiera y nadie se enteraría de las cosas que digo.
Veo los labios de la gente bailar en sus rostros, subir y bajar al par de sus ojos, sonreír...
Yo no escucho nada, no oigo ya la música del piano sonar. No escucho el violín ni el jazz. Estoy encerrada mentalmente también, y aquí estoy a salvo. Aquí me quedaré, como un pajarito que se ha lastimado un ala y lo rescatan, lo ponen en una jaula y tratan de curarlo, pero el prefiere morir. Así también siento yo que estoy muerta. Me quedaré encerrada en este lugar, porque temo que si salgo también me quiten la vista, me quiten la nariz y la guarden en una alacena, o se me queme la piel por culpa de ese sol insistente que no deja de lanzarme miradas de ira.
Hace cinco años que fue ese maldito choque. Hace cinco años que yo me metí sola a la jaula.
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